Impiden la entrada a Jesús en la plaza de San Pedro

Los soldados inmovilizaron al hijo de Dios en la columnata exterior

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Plaza de San Pedro. JMP.
Plaza de San Pedro. JMP.

A veces Dios comete errores, como este de enviar a su hijo hace unos días para ver cómo estaban las cosas en el Vaticano. ¡En estos tiempos! Como si Él no supiese que la alerta terrorista mundial puede hacer pasar a cualquiera por presunto delincuente. Ya le ocurrió a Jesús hace cerca de dos mil años. Suerte que esta vez las cosas no fueron a mayores.

Jesús, como es natural, no portaba armas ni presentaba ningún sígno externo de que fuese un peligro. Por el contrario, su delgadez y su vestimenta desmentían todo afán agresivo. Es más, unas gafas de miope colgando sobre su pecho evidenciaban que era totalmente inofensivo. Pero, ¡ay!, llevaba el pelo negro demasiado largo y tal vez pertenecía a una etnia hoy todavía sospechosa, como lo era entonces, cuando le crucificaron.

El control de acceso por la Via Paolo VI. JMP.
El control de acceso por la Via Paolo VI. JMP.

Dentro, en la plaza de San Pedro había una celebración de esas que tanto gustan a la jerarquía católica, en las que, periódicamente, se congregan decenas de miles de creyentes llegados de todo el mundo. Esta vez, Jesús, vestido sencillamente con una camiseta blanca, unos pantalones grises de loneta y unas deportivas –si llega a ir ataviado con su túnica tradicional seguro que le disparan- intentó acceder a la plaza de San Pedro desde la Via Paolo VI, justo donde arranca el Borgo Santo Spirito, bordeando el límite del Estado Vaticano. El acceso estaba cerrado con vallas de seguridad y un vehículo militar, y una patrulla de soldados italianos fuertemente armados controlaba la entrada. A los soldados que nos protegen del terrorismo en Italia y en todas partes del mundo tenemos que estarles sumamente agradecidos. Poca broma con esto. Gracias a ellos y a las fuerzas policiales se evitan muchos atentados cada día. En este caso, sin embargo, el hombre que se acercaba a ellos caminando tranquilamente parecía inofensivo por completo. Solo que era de una etnia diferente y llevaba el pelo demasiado largo. Claro, cómo no iba a ser así si se trataba de Jesús.


¡A quién se le ocurre pretender entrar con esa pinta en el Vaticano en estos tiempos!


Los soldados, con mucha educación, eso sí, le dijeron que por allí no entraba y le conminaron para que retrocediese, cosa que Jesús hizo después de quejarse y protestar pacíficamente. Al final le confinaron en las escaleras de la columnata exterior de la plaza y le tuvieron allí vigilado, custodiado por un soldado provisto de fusil automático, mientras un compañero no menos armado llamaba por teléfono a la unidad, tal vez para inquirir sobre la identidad del ciudadano o para preguntar qué hacían con él, porque, la verdad, parecía que no sabían muy bien cuál debería ser el protocolo con un hombre que tanto se parecía a Jesús. ¡Hombre, cómo no se iba a parecer si era él!

LOS JESUITAS

A unas pocas decenas de metros de esta escena, siguiendo por el Borgo Santo Spirito, en el número 4 de la calle, justo enfrente de la iglesia del Santo Spirito in Sassia –donde un nutrido grupo de fieles recitaba hipnóticamente una y otra vez como una jaculatoria, “per la sua dolorosa passione”, refiriéndose, sin duda a Jesús y sin percatarse de que a unos pocos metros de allí le era impedida la entrada en el Vaticano al hijo de Dios-  nos encontramos con la sede de la Curia General de la Compañía de Jesús, es decir, el epicentro orgánico de la poderosa congregación. A un lado de la entrada de tan selecto domicilio, al socaire de la gran columna de la izquierda, un camastro sobre la acera desvelaba el abismo que hay entre la fe y la realidad. El propietario de tan humilde posesión se encontraba ausente. Nosotros sospechamos que tal vez fuese ese mismo Jesús al que se impedía acceder a la capital del imperio que crearon sus herederos. La verdad es que no hacía falta vigilancia alguna sobre un colchón y unas mantas tirados en el suelo. ¿Quién se va a robar semejante botín? En el paño extendido junto al primitivo lecho para la recogida de las monedas de los caritativos viandantes, dos manzanas y un cenicero hacían de peso para evitar que el airecillo se lo llevase. Lo del cenicero nos pareció la mar de bien. Seguramente algún jesuita, haciendo gala de su hospitalidad fraternal, le dijo al pobre que podía fumar siempre que no arrojase las colillas en la entrada de su curia.

Jesús es interceptado por los soldados. JMP.
Jesús es interceptado por los soldados. JMP.

Entretanto, Jesús había desistido de su intento, había dejado de protestar, y se había sentado, resignado, en las escaleras de la enorme columnata. Nosotros observamos y fotografiamos la escena y nos marchamos sin conocer el desenlace. Pero, aunque no viésemos el final, es fácil imaginarlo. Sin duda los soldados dejaron marchar a Jesús, que ahí sigue, dando vueltas por el planeta en el submundo de la pobreza de nuestras ciudades, en los campos de refugiados de los que huyen de la guerra y entre las multitudes hambrientas que luchan por emigrar a donde les está prohibido.