miércoles, 19 junio, 2024
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Adiós a Javier Machacón Lumbreras, un gran hombre y un gran profesor

Ha muerto Javier Machacón Lumbreras, un extremeño de pura cepa recriado en Conil de la Frontera, donde ejerció la docencia durante décadas. Hombre solidario, con una ideología progresista de izquierdas indesmayable, fue también concejal del Ayuntamiento de Conil por el PSOE. Ejerció asimismo su profesión como profesor en Casablanca (Marruecos) y en Bogotá (Colombia), en donde puso a prueba sus inclinaciones exploratorias, recorriendo ambos países e internándose incluso en la Amazonía. Gran deportista, hasta que empezaron sus padecimientos de cadera practicó el ciclismo diariamente. El escritor y profesor Manuel Pecellín le dedica estas líneas “in memoriam”.

Manuel Pecellín Lancharro
Manuel Pecellín Lancharro

Conil de la Frontera, Cádiz.-

Conocí a Javier Machacón (Alcántara, 1944-Madrid, 2023) hace más de treinta años, poco después de llegar nosotros a Conil, donde ejercía junto con un grupo de maestros extremeños presididos por Juan José Poblador. La inteligencia, generosidad y simpatía de Javierito, según le llamaban profesores y alumnos, me resultaron patentes de inmediato. También su sentido de la justicia, que lo impulsó a militar en el PSOE. Fue concejal de este municipio, como sus grandes amigos Juan de Dios Mendoza y Quina Ramírez Ureba, en un ayuntamiento presidido por el inolvidable Nino Iglesias, antiguo miembro del combativo PTE. Más tarde, licenciado ya en Filología castellana por la UNED, enseñaría en los colegios españoles de Casablanca y Bogotá, regresando a Conil tras su jubilación.

Pero la cualidad que más me sedujo fue su extraordinario empuje físico, la fuerza vital que lo animaba. Viéndolo pedalear en bicicleta durante jornadas interminables; meterse en las olas para fijar la “reapié” y “requelir” el espinel o hendir los barruzales del estero donde posar las pesadas cangrejeras, comprendí que venía de una raza de titanes. Javier me parecía reencarnación de algún caballero de la Orden de Alcántara o, quizás, de cualquiera de los conquistadores embarcados desde Cáceres al Nuevo Mundo.

No obstante, tan recia arquitectura física y espiritual no pudo con las enfermedades que se le fueron echando encima en los tiempos últimos. Esta mañana de un junio ya en sus postrimerías le dijimos el último adiós. Antes de incinerar su cadáver, numerosos amigos celebrábamos el funeral, que él quiso laico. Lo condujo con admirable entereza su hija, mientras la mujer, hermanos, familiares y amigos conteníamos las lágrimas. Una nieta evocó emocionadamente la figura del abuelo, cuya biografía quiso recordar otra compañera de aula. Lola Peces recitó el poema de Juan R. Jiménez «Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando”. Otras breves y cálidas intervenciones se sucedieron en la capilla del tanatorio.

Con Emilia, su esposa, y su hijo Javier, en una celebración familiar. PROPRONews
Con Emilia, su esposa, y su hijo Javier, en una celebración familiar. PROPRONews

Venciendo mi timidez, Cintia me indujo a que recordase una anécdota vivida en Marruecos con Javierito, porque lo retrataba. Estábamos en Jamaa el Fna, la inolvidable plaza central de Marrakech. Admirábamos el alminar y minarete de la Kutubía, que nos traían a la memoria la Giralda andaluza y la pacense Torre de Espantaperros. Entre un mar de chilabas, un grupo de jóvenes se obstinaba en colgarnos al cuello enormes culebras, pese a nuestras protestas. Ante tamaña pesadez, las sonrisas iniciales daría paso al malestar y pronto a la irritación. Javier se puso furioso y comenzó a apostrofar a los muchachos con imprecaciones en francés, árabe y algún disparate extremeño. Ni por esas cedían. Entonces, sin pensárselo más, nuestro amigo cogió varias piedras de aquel suelo y se puso a tirárselas a los jóvenes, que al fin se alejaron con sonrisas benevolentes. Pobre del guerrillero que se tope con él, comentábamos cuando lo sabíamos explorando la selva colombiana en aquellas sus azarosas excursiones.

Por voluntad expresa, las cenizas de Javier serán llevadas a su Alcántara natal, cuna de santos, caballeros y conquistadores, tan duros y briosos, como inteligentes y sensibles. Sit tibi terra leuis.

(Manuel Pecellín Lancharro, licenciado en Teología y en Filosofía, catedrático de Enseñanza Media, Medalla de Extremadura, Académico de la Real Academia de Extremadura de las Artes y las Letras, es escritor y ensayista con una copiosa y valiosa obra publicada).

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