Ofrecemos las únicas imágenes en movimiento existentes de la joven, en el 70 aniversario de la publicación de su diario

¿Queréis ver viva a Ana Frank?

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Sobre Ana Frank, la sensible y precoz escritora que el nazismo asesinó, se ha construido toda una leyenda que perdura en el tiempo sin  mengua de su interés. Pero poco se conoce a nivel popular –aunque existe una abundante bibliografía- de los avatares de su vida y de su familia, sobre todo antes de la llegada del nazismo y de la invasión de los Países Bajos en la segunda guerra mundial. Una vida apacible y feliz truncada por los bárbaros. Este año se cumplen 70 de la publicación de su diario.

Ana Frank
Ana Frank

Los Frank eran alemanes. Ana nació en Frankfurt. Su padre, Otto Frank, era el heredero del banco alemán del mismo nombre, una entidad que pasó por diversas dificultades que obligaron al joven a volver de EE.UU., adonde había emigrado con un trabajo en Macy´s, una tienda de Nueva York propiedad de la familia de un amigo suyo. De regreso en Alemania, Otto no pudo evitar la quiebra del banco. Era 1933. Tiempos de crisis económica mundial. Esto, y el ascenso de Hitler al poder, le llevó a reconsiderar la situación de una familia de judíos alemanes como la suya y optó por marcharse del país, con su mujer Edith y sus dos hijas, Margot, de 7 años y Ana, de 4, trasladándose a Amsterdam, donde se estableció como comerciante creyendo que allí estaría a salvo. La familia alquiló un apartamento en Merwedeplein, en el barrio judío. La vida de los Frank en la ciudad transcurrió tranquila durante los siete años que van desde la huida a Holanda hasta la entrada de los tanques alemanes en la ciudad.

VEINTE SEGUNDOS DE PELÍCULA

La Westerkerk domina la plaza, junto al Museo de Ana Frank. PROPRONews.
La Westerkerk domina la plaza, junto al Museo de Ana Frank. PROPRONews.

A esa etapa dulce y soñadora en la vida de Ana Frank, pertenecen las únicas imágenes en movimiento que se conservan de ella, tan solo veinte segundos de película en blanco y negro. Y no es que alguien filmara expresamente a la niña con aquel tomavistas doméstico de la época. La aparición de Ana en la brevísima película solo es fruto del azar. Fue el 22 de junio de 1941, Así lo cuenta Russell Shorto en su maravilloso libro sobre la ciudad: “Ese día una pareja se casaba en Merwedeplein y un amigo filmaba a los novios saliendo del edificio donde vivían. Hay tres elementos que llaman la atención de este fragmento a la vez llamativo y cotidiano. El primero y más evidente es un paneo hacia arriba en el que aparece, por un instante, Ana Frank, que apenas ha cumplido doce años, y se asoma a la ventana para ver salir a la pareja con su vestimenta de gala. Lo llamativo es no solo que tengamos a nuestra disposición la única pieza filmada de la joven, sino que ese paneo tan breve alcance para darnos una idea de cómo era ella. Casi todas las personas que la conocieron recuerdan que era una niña inquieta y espabilada, de esas que podían ser un dolor de cabeza para los padres. En el vídeo se la ve girar rápidamente la cabeza para decirla algo a alguien que está adentro, que podría ser su madre o su padre. Es un gesto pícaro que rebosa de carácter y coincide perfectamente con lo que sabemos de ella.

La curiosidad de una niña por la boda de unos vecinos

El segundo elemento que nos muestra el vídeo es la zona nueva (entonces) de Ámsterdam (…/…) reconocible como un lugar en el que cualquiera de nosotros podría sentirse en casa (…/…), uno sabe que cuando se haga de noche van a encenderse lámparas eléctricas.

El Museo es uno de los más visitados de Amsterdam. PROPRONews
El Museo es uno de los más visitados de Amsterdam. PROPRONews

El tercer elemento llamativo es que parece una jornada de lo más normal. Al final del fragmento, la cámara toma un plano de la calle y vemos gente caminando y andando en bicicleta. Dos autos giran en la esquina. Es un día tranquilo y soleado. Una pareja sale de casa para celebrar su boda y los vecinos los miran…”

Es decir, en 1941, con la ciudad ocupada por los nazis desde el 15 de mayo del año anterior, y a pesar de los pogromos emprendidos en otros países ocupados, los judíos, como Otto Frank, su hija Ana y el resto de la familia, permanecían en una extraña calma. Pero esa tranquilidad era solo aparente. Durante los primeros meses de ocupación pareció que todo iba a seguir igual en la bella y abierta ciudad, tradicionalmente acogedora de todos los refugiados y los diferentes del mundo. Pero poco después empezó la persecución contra los judíos, que fueron sistemáticamente capturados y enviados a campos de concentración. Una persecución en la que, lamentable y vergonzosamente –una vergüenza de la que el país todavía no se ha repuesto- colaboraron numerosos holandeses, aunque también los hubo que ayudaron y protegieron a los judíos.

EL ESCONDITE

Cuando Otto Frank vio que las cosas se estaban poniendo muy feas, en lugar de huir de nuevo decidió, como hicieron otras familias judías, ocultarse en la ciudad. El escondite no estaba en la casa de Merwedeplein donde vivían, como erróneamente creen muchos de los visitantes que viajan a Ámsterdam por primera vez. Esconderse en tu propia casa, y más en una zona tan nueva de la ciudad, suponía una muerte segura. El domicilio familiar era el primer sitio al que iban los nazis para capturar a sus víctimas.

Este edificio encierra la construcción del siglo XVII donde los Frank prepararon su escondite. PROPRONews
Este edificio encierra la construcción del siglo XVII donde los Frank prepararon su escondite. PROPRONews

Pero el padre de Ana había organizado con tiempo un escondite que creyó seguro. Él trabajaba por entonces como empleado de una compañía distribuidora de pectina –una sustancia empleada para espesar mermeladas y gelatinas- que tenía su sede en lo que hoy es el 263 del Prinsengracht o Canal del Príncipe, llamado así en honor de Guillermo de Nassau, primer príncipe de Orange. El escondite estaba a un paso del bello templo de Westerkerk o Iglesia del Oeste, del primer tercio del siglo XVII, cuya torre de 85 metros de altura, rematada por historiados adornos, sin duda observaría Ana Frank cuando pasaba por allí y, tal vez, el último día que lo hizo antes de enclaustrarse con los suyos en el mínimo escondrijo que había preparado su padre justo al lado.

Russell Shorto lo describe como “una típica casa de los canales construida en el soglo XVII (…/…). Sobre el depósito, detrás de las oficinas (de la empresa de pectina), estaba el sector conocido como achterhuis o “la casa de atrás”, que casualmente quedaba fuera de la vista de las viviendas circundantes y cuya entrada era fácil de esconder. Este sería el hogar secreto de la familia Frank”. Corría el año de 1942. Y Ana empezó a escribir su diario entre aquellas oscuras cuatro paredes.

Los Frank pasaron alrededor de dos años en aquel agujero, donde fueron descubiertos porque alguien, no se sabe quién, los delató. En la primavera/verano de 1944 la familia fue confinada primero en el campo de Westerbork y en agosto fue trasladada a Auschwitz, donde separaron al padre. En octubre, las dos niñas fueron llevadas a Bergen-Belsen, donde Ana moriría en marzo de 1945.

Siempre hay largas colas a las puertas del Museo. PROPRONews
Siempre hay largas colas a las puertas del Museo. PROPRONews

EL MUSEO

En Amsterdam he paseado por la plaza Westermarkt, tan cerca del refugio de los Frank, he admirado la bella Westerkerk, la iglesia protestante más grande de la ciudad, cuya torre domina la plaza y cuyos adornos indudablemente debió de contemplar Ana Frank, tan observadora ella de todo y tan amante de la belleza, antes de encerrarse con su familia; he seguido hacia abajo por esa orilla del Canal del Príncipe y he pasado por delante del número 263, el lugar del escondite de Ana y los suyos. La antigua casa del siglo XVII no se ve desde la calle porque está encerrada en un enorme contenedor de ladrillo y cristal de seis plantas, que alberga lo que hoy es el museo de Ana Frank, uno de los más visitados de la ciudad, y que conserva intacto el escondite que sirvió de refugio durante veinticuatro largos meses a la familia. He de confesar que no lo visité. No pude. Y luego, cuando he visto el vídeo que hoy compartimos con nuestros lectores, no he podido evitar las lágrimas. Miradlo, a pesar del dolor. Ana es esa niña morena asomada a la ventana de arriba que, por un momento, mira al interior de su casa. Todavía está viva.

EL VÍDEO DE ANA FRANK CON VIDA

(Próximamente: La obra maestra de una niña de 13 años).