Esta crónica es una inmersión en una de las ciudades más fascinantes de Asia, la mítica Xiva o Khiva, una de las joyas relevantes de la antigua república exsoviética de Uzbekistán. Nuestro cronista viajero nos introduce en un pasado misterioso, desde el presente casi inmutable de esta ciudad milenaria, en la que el tiempo para haberse detenido.

La pareja se separó del resto de turistas y se dirigió a paso ligero a la entrada de la Abadía de Westminster. Al pie de las imponentes torres, desde donde cuarenta coronaciones y dieciséis bodas reales les contemplaban,  ella susurró a su marido: Elmer, tenemos media hora. Tú filma el interior, que yo hago el exterior. Al llegar a casa lo vemos todo junto”. Esta anécdota, además de grotesca, es verídica.  Una muestra de los apaños a que nos vemos obligados desde que visitar ciudades se ha convertido en un deporte de masas. Digo deporte y no fenómeno, porque en muchos casos se visitan a la carrera, saltando obstáculos y quemando etapas. No queda claro si el objetivo es conocer otros lugares o tachar furiosamente nombres de nuestra lista.

Su carácter se forjó durante quince siglos en un cruce de caminos de la Ruta de la Seda.

Los recuerdos de estas aceleradas visitas se desprenden fácilmente de nuestra memoria como piezas de un mosaico sacudido por un terremoto y la influencia de esta experiencia en nuestras vidas resulta insustancial. No digo que esta manera de viajar no tenga sentido. Cuantos más nombres metemos en la lista del viaje, más barato nos sale “el kilo de sitio”.  Por otra parte, y este es un argumento importante, los mortales tenemos un tiempo limitado para conocer la infinidad de ciudades y pueblos que hay en el planeta. Si no nos damos prisa, podríamos dejarnos alguno.

Xiva era un cruce de caminos en la Ruta de la Seda. CHEMA BUENECHEA
Xiva era un cruce de caminos en la Ruta de la Seda. CHEMA BUENECHEA

Ansel Adams, el gran maestro del blanco y negro, dijo en una ocasión que “doce buenas fotografías hacen que sea un buen año”. Cabría preguntarse cuántas buenas ciudades se necesitan para que un viaje sea bueno. Aun y cuando aceptemos que la indigestión de ciudades pueda ser en ocasiones un mal necesario, hay algunas que tienen el interés y los méritos para reclamar una mayor dedicación por nuestra parte. A cambio, ellas nos devuelven esta atención, aferrándose a nuestros recuerdos y a nuestros corazones. En esta constelación de ciudades exigentes pero generosas, en la uzbeka región de Xorazm, se levanta Xiva. O Khiva para los occidentales.

DESMESURA Y PRESUNCIÓN

Diré como introducción que Xiva es una ciudad única, sorprendente. Su arquitectura, geografía e historia son desmesuradas. Nunca ha tenido prisa, porque se sabe eterna. Si, al igual que ella, tú tampoco tienes prisa, puedes seguir leyendo.

De altanera sangre persa, siete veces fue arrasada y siete reconstruida.

Xiva nació para ser presuntuosa. Su carácter se forjó a lo largo de quince siglos en un cruce de caminos de la Ruta de la Seda, donde comercio y guerras se alimentaban mutuamente. Ha olvidado más batallas de las que puede recordar, sin embargo siempre tendrá presentes las siete ocasiones en que fue arrasada. Afortunadamente, su altanera sangre persa se impuso a su despiadado destino y las siete veces se recompuso desde los cimientos. La estadística de destrucciones puede llevar a pensar que estaba pobremente defendida, pero nada más lejos de la realidad. Su problema era estar rodeada de agresivos vecinos -árabes, mongoles, turcos, rusos-  que solo permanecían inactivos mientras preparaban la siguiente campaña. El que la ciudad acabara cayendo dependía más de la ley de probabilidades que de su pericia para la defensa.

Los monumentos parecen apoyarse unos en otros. CHEMA BUENECHEA
Los monumentos parecen apoyarse unos en otros. CHEMA BUENECHEA

Para repeler los ataques, la ciudad contaba con dos anillos de murallas, separados por una centena de metros. El muro exterior tenía un diseño muy avanzado para la época, con torretas de vigilancia cada cuarenta metros, estrechas hendiduras entre las almenas que ocultaban a sus arqueros de las flechas enemigas, y un foso que circundaba sus seis kilómetros de pared. Si los asaltantes conseguían traspasar este primer muro, debían  enfrentarse sin respiro al segundo, que concentraba a los defensores en un perímetro mucho menor y por ello, más letal. De la muralla exterior han sobrevivido únicamente tres de sus diez puertas y algún tramo del muro. La interior fue más afortunada y se muestra completa, con unas paredes de ladrillo y adobe tan perfectas que delatan las sucesivas reconstrucciones, aunque todavía conserva vestigios de la construcción original del siglo V.

OASIS ENTRE DESIERTOS

Xiva debe el privilegio de su longeva existencia y la lacra de su disputada propiedad al hecho de ser un oasis emparedado entre los desiertos de Kyzylkum, al Este, y Karakum, al Oeste. En esta inmensa y desolada geografía, itinerario obligado entre Oriente y Occidente a través de Xiva, las caravanas de camellos se sometían a todo tipo de privaciones y a temperaturas extremas durante los largos meses que duraba la travesía. Es fácil entender la importancia estratégica de la ciudad para los viajeros que retornaban exhaustos y cargados de mercancías provenientes de Persia o China.

Los viajeros retornaban exhaustos, cargados de mercancías de Persia o China.

Sus desiertos, ardientes crisoles en verano, se teansforman en gigantescas heladeras en invierno. En el siglo XIX, el ejército ruso lanzó una campaña invernal, para atacar Xiva sin exponerse a los rigores del estío. Cuando su ejército, formado por cinco mil hombres y diez mil camellos, se encontraba todavía a mitad de camino, descubrieron que era un invierno especialmente crudo y que sus camellos se congelaban. Dieron la vuelta inmediatamente, pero, para cuando consiguieron salir del infuerno de hielo, habían perdido mil hombres y nueve mil camellos.

Dientes de oro. CHEMA BUENECHEA
Dientes de oro. CHEMA BUENECHEA

Se han encontrado vestigios humanos de hace veintisiete siglos en Xiva. Con esta antigüedad no es extraño que se desconozca su origen; sin embargo, como esta ciudad está llamada a ser sublime, también tiene una explicación bíblica sobre su fundación. Según la leyenda, Sem, unos de los tres hijos de Noé, quedó vagando por el desierto tras el Diluvio. Una noche soñó que estaba rodeado por trescientas estacas ardientes y, al despetrtar, marcó el lugar. Allí cavó un pozo y fundó Xiva, dando a la muralla la forma que sugerían las antorchas clavadas en el suelo. Es el mismo Sem cuyos descendientes dieron lugar a los pueblos semitas mencionados en la Biblia. Tanto si se cree en la leyenda como si no, el pozo Kheivak se encuentra dentro de la muralla interior, cerca de la puerta Norte, y es de visita obligada.

La esencia se guarda en frascos pequeños y por ello Xiva no atesora más de 50.000 almas, contando las gentes que viven dentro de sus muros fortificados y las que habitan fuera de ellos. Nunca una muralla separó tanto, a pesar de tener sus puertas abiertas desde hace décadas. Son dos Xivas, una a cada lado del muro, dos ritmos de vida, dos colores. Una, Itchan Kala o intramuros, ancestral y sofisticada. La otra, Dichan Kala o extramuros, práctica y adaptada al estilo de vida moderno uzbeco, paradójicamente desprotegida. a pesar de albergar la casi totalidad de la población. De las dos Xivas, es la ciudad interior la que conserva la mayor parte de la historia y de los monumentos. Su muralla, liberada de la tarea de defenderla del enemigo, se dedicó a protegerla del tiempo, que quedó atrapado en otra época. Al cruzar cualquiera de sus cuatro puertas, las manecillas del reloj enloquecen, salvando varios siglos en un suspiro. No se ven coches dentro del recinto, porque allí dentro todavía no se han inventado.

AGUJERO NEGRO

La muralla, al igual que un agujero negro, logra el milagro de comprimir no solo el tiempo, sino también el espacio. Los monumentos, auténticas moles de ladrillo y piedra, no se despliegan para exhibirse orgullosamente, sino que se aprietan entre ellos, tapándose los unos a los otros, abrazándose, apoyándose en sus vecinos y amontonándose en grupos arquitectónicos que ningún cirujano podría separar sin cortar tejidos vitales. La sensación de densidad es abrumadora, con sesenta monumentos y más de doscientos edificios antiguos encerrados en poco más de dos kilómetros cuadrados. Caminas entre ellos, sobre ellos, pasas de uno a otro sin darte cuenta, cruzas un corto túnel y estas en otro edificio, subes una escalera y te encuentras en otra residencia. No es una ciudad con monumentos, está hecha de monumentos.

La fundación mítica de Xiva se atribuye a Sem, uno de los hijos de Noé.

Su arquitectura flirtea continuamente con dos conceptos opuestos. Por un lado, intenta servir a los elevados fines espirituales del islam, apoyándose en el clasicismo árabe. Por otro, no puede resistirse a una frívola innovación, jugando casi obscenamente con las infinitas posibilidades de las tres dimensiones. Las apuradas espirales ascendentes de sus Minaretes se dirigen apresuradamente hacia el cielo, para que desde allí el almuédano llame a la oración. Sin embargo, ni en Xiva ni en ninguna otra ciudad uzbeka se oyen cantos sagrados, ya que los fieles uzbekos ven el Islam como un pilar de sus valores culturales, antes  que como el centro de sus vidas, y en este contexto la práctica religiosa pasa desapercibida. Posiblemente, los setenta años de pertenencia a la URSS, antes de obtener la independencia hace veinticinco, hayan marcado también su forma de entender la religión.

La ciudad se extiende lánguida. CHEMA BUENECHEA
La ciudad se extiende lánguida. CHEMA BUENECHEA

Por debajo de los minaretes, decenas de masivas construcciones talladas caprichosamente en todos sus lados albergan sus madrasas, mezquitas, baños públicos y palacios. Largas hileras de cúpulas achatadas, de diversas alturas y circunferencias, señalan los lugares elegidos por los piadosos para levantar sus mausoleos. Todo este frenético carnaval de formas queda encerrado por la cinta continua de su muralla, que no queriendo quedarse atrás, se retuerce espasmódicamente en algunos tramos, para reflejar, como si fuera un espejo de ladrillo y piedra, las curvas de las vecinas dunas.

Las construcciones, en apagados tonos terrosos, no consiguen ahogar las concesiones al color de las cerámicas que recubren los edificios emblemáticos, con predominio de índigos, turquesas y blancos, sin cuyo lustroso esmalte la ciudad podría difuminarse fácilmente en las arenas del desierto. No es posible comprar parcelas en el paraíso, como tampoco es posible comprar propiedad aquí, que solo puede transmitirse como herencia de padres a hijos.

LÁNGUIDA CADENCIA

Es de justicia destacar la inversión y el riguroso enfoque científico que aplicó la URSS durante su dominación para restaurar las construcciones. Antes de tocar una sola piedra, analizaron las características del conjunto y de cada edificio, realizaron estudios de estabilidad del terreno y de necesidades de ventilación, ambos extremadamente importantes en esta zona de terremotos y fuertes variaciones térmicas. Tampoco dejaron atrás el aspecto estético, de tal manera que la ciudad experimentó una cura de rejuvenecimiento, pero manteniendo su fisonomía.

Xiva fue el mayor mercado de seres humanos de Asia Central.

En sus laberínticas callejas la vida tiene una cadencia lánguida. Por las cuatro puertas de su muralla le llega la vida al despuntar la mañana y por ellas se desangra lentamente por las tardes, al caer el sol. No hay hora punta como en las ciudades modernas. Llegan poco a poco, paseando sobre las largas sombras de los minaretes, hasta que llenan todas las esquinas y puestos ambulantes. Justo cuando ya están todos, empiezan a esconderse del inmisericorde sol del mediodía, que aplasta los relieves y a las personas, y todos buscan cobijo bajo los amplios toldos de los tenderetes o en los estrechos soportales.

La vida bulle en sus calles. CHEMA BUENECHEA
La vida bulle en sus calles. CHEMA BUENECHEA

Al anochecer, cuando afloja el calor, empieza la retirada. Los habitantes de Xiva se marchan, haciéndose los despistados como si les diera vergüenza. Los ancianos son los que más aguantan, sentados en grandes bloques de piedra cerca de las puertas, hasta que el hambre los levanta y los devuelve a casa para la cena. Es una experiencia única pasear por la ciudad cuando ya no queda nadie, siguiendo la tenue luz que ilumina los monumentos, adueñándose de ella sin necesidad de sangrientos enfrentamientos. Por la mañana, vuelve a sus inquilinos naturales, quienes, tras el diario abandono, no pueden reprocharle su infidelidad nocturna.

En las tiendas y puestos, los comerciantes de toda la vida siguen ofreciendo seda, jade, especias, vidrio y todo tipo de artesanía. Ahora venden a turistas en lugar de  a mercaderes y aventureros, pero en realidad, para ellos nada ha cambiado. Se puede regatear, pero todo tiene un precio. Lo intuyes cuando te vas acercando y lo sabes cuando has llegado. Ellos juegan con ventaja, porque tienen una experiencia de mil quinientos años jugando al mismo juego. Les ayuda también el tener un producto genuino y de calidad. Los atriles plegables, de madera tallada a mano, requieren de un malabarista para sacar sus siete posiciones sin perder la mañana ni la paciencia y los pañuelos de seda, con adornos de pelo de camello y tonos acuarelas, son una muestra del más exquisito refinamiento oriental.

El formidable peso de la historia. CHEMA BUENECHEA
El formidable peso de la historia. CHEMA BUENECHEA

En la periferia de la ciudad, donde acaban los monumentos y todavía no empieza la muralla, se pueden visitar los pequeños talleres artesanos, que siguen trabajando con las técnicas de sus antepasados. En las plantas bajas de las viviendas, abuelos y padres trabajan con maestría, mientras la tercera generación se suma a la costumbre. Mientras tanto, los miembros de la familia que no producen, venden sus productos por la ciudad.

La única mercancía que ya no se vende son esclavos y concubinas. No es agradable recordar que la ahora angelical Xiva fue el mayor bazar de seres humanos de Asia Central, por donde pasaron millones de esclavos. Documentos de la época describen con crudeza la brutalidad inhumana con que eran tratados. Raptados de sus hogares y arrastrados por el desierto, encadenados por el cuello y extremidades y mal alimentados, para evitar que escapasen, hasta llegar al “oasis” de Xiva. Una vez allí, los que llegaban vivos eran vendidos al mejor postor y los desgraciados que fracasaban en su intento de huir eran clavados por las orejas a las puertas de la ciudad.

Bellos monumentos jalonan la ciudad. CHEMA BUENECHEA
Bellos monumentos jalonan la ciudad. CHEMA BUENECHEA

La otra Xiva, la exterior, flanquea a poca distancia la fortaleza. Es difícil decir exactamente dónde está, porque se compone de diversos núcleos de viviendas separados por centenares de metros de desierto. Saliendo por la puerta Este, se llega a la parte más antigua de Dichan Kala, donde cada día montan un enorme mercado al aire libre. Sus sencillas casas de adobe y sus polvorientas calles y vías son el contrapunto a la sofisticación del otro lado del muro.

Unos pocos coches y camionetas, cuyos amortiguadores ya habían reventado cuando todavía no eran piezas de museo, se bambolean sin control sobre los amplios baches y levantan densas nubes de polvo. De vez en cuando un carro, empujado por un hombre o tirado por un burro, nos devuelve a la época dorada de la ciudad. A pesar de todo, aquí el tiempo avanza más rápido que en la ciudad interior, pero sin llegar al frenesí de una ciudad europea. Todo se ve primitivo, sencillo, sin concesiones a la estética.

DIENTES DE ORO

Un poco apartadas de los puestos, sentadas sobre unas destartaladas sillas, tres mujeres me ofrecen agua de un barril de madera. Las tres sonríen y posan encantadas para la inminente foto, mostrando desinhibidas sus irregulares dientes de oro. Gran parte de la población de mediana edad exhibe dentadura postiza en oro o plata. Ventajas de ser un primer productor mundial de metales preciosos y desventajas de una sanidad incipiente. Se las ve felices, como si la cotización de su negocio en la Bolsa de Nueva York se hubiera disparado esta jornada.

Un poco más allá, una cadena humana descarga un pequeño camión de melones. Son al menos cinco hombres, aunque el número total no está claro, porque hay algunos que remolonean alrededor sin un rol definido. Los trabajadores bromean y los melones tienen una asombrosa buena pinta, a pesar de que allí no se aplica la teoría de los tiempos y movimientos de Taylor. Parece fácil medir la diferencia en años de desarrollo con nosotros, pero seguramente erraríamos. Fijándose en su alegría, espíritu y viveza, uno se pregunta quién está más atrasado.

La vida es difícil y laboriosa. CHEMA BUENECHEA
La vida es difícil y laboriosa. CHEMA BUENECHEA

Los puestos son una algarabía de colores, de reflejos metálicos, de variedad y de creatividad a la hora de apilar el producto, resultado de siglos de montar y desmontar el puesto diariamente. Hay gente por todas partes, pero se mueven con fluidez, porque son clientes locales que solo compran lo que necesitan y luego se van. Quizás la sociedad de consumo podría aprender de ellos.

Y niños que juegan, como en todas partes. CHEMA BUENECHEA
Y niños que juegan, como en todas partes. CHEMA BUENECHEA

Mi tiempo para la visita se acaba, mientras que para Xiva parece seguir detenido. Me pregunto si todo esto es sostenible en un mundo global. Al lado de una Mezquita vi ayer a cuatro niños. No eran como los demás. No se me acercaron para mirarme inquisitivos y preguntarme lo primero que les viene a la cabeza, aunque sepan que ni les entiendes ni te entienden. No cavaban agujeros en la tierra, ni peleaban con palos ni corrían alocadamente. Sentados muy concentrados sobre los bancos de piedra, afuera de una madrasa, las bicicletas tiradas en la calle de cualquier manera, manejaban con habilidad hipnótica una Nintendo. Presiento que por alguna brecha de la muralla está entrando sigilosamente el futuro.