Es una tarde dulce y es otoño en el sur
y en la oficina gris hay un hombre sentado
que mira la ventana como si fuera un sueño
que no puede alcanzar y sin embargo es suyo.
Solo está detenido por ser un extranjero,
porque tiene esperanza y no tiene trabajo
y entretanto murmuran los feroces teclados
una canción sin labios. Desdichados hospicios.
Así me lo confiesa, casi sin preguntarle:
Mataban a sus padres y guardaban los niños
para robar sus almas. El aire del despacho
se ha llenado de oscura soledad de palabras
y han llegado hasta aquí los inmensos demonios
que ya nadie recuerda. Allí tuvo que amarlos,
allí vivió su infancia, allí inició su huida
y allí supo que siempre lo acecharán sus fauces.
Y nos miran los grises funcionarios de siempre,
nos miran con desprecio, diciéndose por qué
tiene que hablar con él, nos miran con un odio
mezquino, con la espesa condición arrogante
de corazones negros. En Bucarest, muy lejos.
Allí vuelve un instante. Donde ya no hay peligro.
Donde el dolor que tuvo es un pozo tan grande
que seguirá escapando. Como estallan las olas
en las oscuras rocas. Como balsas de piedra.
Así son estas manos que me pasan la firma.

Jesús García Calderón