“A los diecinueve, los veintinueve, los treinta y nueve, e incluso (las diosas me ayuden), a los cuarenta y nueve, creía que un hombre nuevo, un amor nuevo, un traslado a otra ciudad, a otro país, supondría un cambio en mi vida. Ahora ya no. Sé que mi alma es lo que tengo que alimentar. Soy lo bastante mayor para entender que la risa es la auténtica revolución.” (Erica Jong. Miedo a los cincuenta)

UNA CONVENIENTE EXPLICACIÓN

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Advertencia

Cuando sea una mujer mayor, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni vaya a juego ni me quede bien
y gastaré mi pensión en brandy y guantes de verano
y sandalias de raso, y diré que no me llega para mantequilla.

Me sentaré en la acera cuando esté cansada
y engulliré muestras en las tiendas y apretaré los botones de alarma.
Y pasaré mi bastón por las barandillas,
y compensaré la sobriedad de mi juventud.

Saldré a la calle en zapatillas cuando llueva,
y recogeré flores de los jardines de otros.
Y aprenderé a escupir.

Puedes llevar camisetas horribles y ponerte gorda,
y comer tres libras de salchichas de golpe.
O sólo pan y pepinillos durante toda la semana.
Y almacenar bolígrafos y lápices y posavasos y cosas en cajas.
Pero ahora hemos de tener ropa que nos mantenga secas,
y pagar la renta y no maldecir en la calle.
Y ser un buen ejemplo para los niños.
Debemos tener amigos a cenar y leer los periódicos.

Pero ¿tal vez debería practicar ahora un poco?
Así la gente que me conoce no se extrañará ni se sorprenderá
cuando de repente sea mayor y comience a vestir de morado.

Jenny Joseph – 1961

Este poema, colgado en su muro por alguno de mis cuatrocientos veinticinco  amigos de Facebook una tarde lluviosa de otoño, fue la inspiración para que se creara la Red Hat Society, http://www.redhatsociety.com, a cuyo conocimiento llegué yo esa misma tarde vía Facebook también. Ya saben cómo se propagan las noticias en la red social. Un enlace me llevó a otro y, al final, topé con un curioso reportaje, en el que se informaba sobre esta asociación autodenominada Mujeres del Sombrero Rojo. Así supe que hay miles de asociadas en el club, repartidas por veintiséis países del mundo. El requisito para formar parte del mismo es tener más de cincuenta años. En sus estatutos se fomenta la amistad, la diversión y la plenitud de las mujeres.

NACE LA RHS

La historia del nacimiento de la Red Hat Society (RHS) es muy interesante. Un llamativo sombrero rojo, envuelto en papel de celofán, y los primeros versos del poema (Cuando ya esté vieja, vestiré de morado / con un sombrero rojo que ni haga juego, ni me quede bien, / y gastaré el dinero de mi jubilación en coñac y guantes de verano / y sandalias de raso…) fueron los regalos que Sue Ellen Cooper, una pintora de California, envió a finales de los 90 a una amiga que estrenaba la cincuentena. La idea despertó tanto entusiasmo que todas las chicas de aquella pandilla recibieron el mismo presente. Quedaron un día y acudieron vestidas como la protagonista del poema, de púrpura y con sombrero rojo. Ahora se multiplican por los cinco continentes. Sue Ellen, la que con su presente inició el movimiento, fue proclamada Reina Madre de este peculiar club, inicialmente holandés, cuyas integrantes hacen una escapada anual a algún lugar del mundo, ataviadas  de encarnado y púrpura, para gritar  alto y claro que la madurez es una etapa maravillosa.  Estos dos colores son su marca. Su bandera.

Por y para “Las San Viernes”; sin sus penas, alegrías y ocurrencias, este libro nunca hubiera existido.

En su país suelen reunirse para ir al cine, al teatro, caminar o jugar al golf: “Estamos orgullosas de ser mayores, de no querer escondernos detrás de las flores, como se dice en Holanda, y de conocer a mujeres distintas”, explica Marléne Osborne, Reina Madre en la actualidad y fundadora, hace diez años, del primer grupo de los sombreros rojos. Su lema es muy sencillo: “¡La vida empieza a los 50! Estamos vivas, ahora es nuestro tiempo y el de conocer a mujeres que jamás pensarías que se podrían cruzar en tu camino -explica Osborne-. En el grupo hay jubiladas, casadas, solteras, viudas, con niños, nietos; en definitiva, el espejo de todas las clases sociales. Nos ponemos un nombre especial: Reina madre, Princesa Guisante, Dona Mexicana o Condesa Ruhelia, un guiño a la excentricidad y la alegría.”

Si alguien lo desea y es menor de cincuenta, también puede unirse, pero con sombrero rosa. El color  es un grado.

¿LOS NUEVOS 18?

Poco después de enamorarme de estas señoras del sombrero rojo, encontré un artículo de Ángela Adánez, “¿Son los 50 los nuevos dieciocho?”, publicado en la revista Mujer Hoy. También lo colgué en mi muro y, al igual que el anterior, generó muchas y variadas opiniones. Y es que el asunto tiene calado. Muchas mujeres en la madurez se sienten como si fueran adolescentes y adoptan un comportamiento similar, pero además  son más libres, más independientes y con más experiencia; listas, pues, para vivir una segunda juventud.

A mi hija, para que resuene siempre en ella el clamor de  una estirpe inquieta.

Las que hoy circulan por la década de los cincuenta fueron las primeras en disfrutar de los avances sociales de forma generalizada: acceso a la formación universitaria y a las profesiones liberales, control de la natalidad, libertad sexual y de movimiento, ocio y práctica del deporte… Ellas siguieron aplicadamente la senda de las pioneras que las precedieron, aquellas valientes que murieron por conseguir el voto o pelearon por la equiparación laboral; pero ahora son legión y continúan dando pasos, más pequeños, más imperceptibles, igual de necesarios.

En España hay censadas más de tres millones de mujeres entre cincuenta y cincuenta y nueve años, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Esta cifra representa el 13,24% de la población femenina y el 6,73% del total de la población. “Nos encontramos ante un inequívoco fenómeno global -afirma en el reportaje Rosi Braidotti, catedrática en Filosofía y directora del Centro para las Humanidades de la Universidad de Utrecht-, con ligeras variaciones entre los países europeos. La generación cultural y políticamente formada por la segunda ola del feminismo ha llegado a la madurez con el suficiente dinero para seguir disfrutando. Se trata de una situación sin precedentes y, a pesar de su importancia social y económica, poco conocida”.

La descripción, escribe Adánez en su artículo: “Es ya un tópico de las revistas, que siempre se refieren a Andie MacDowell, Sharon Stone, Kim Basinger, Julianne Moore, Geena Davis, Susan Sarandon o Sigourney Weaver con los calificativos de “radiantes”, “serenas” y “casi más bellas que a los veinte”, quizá con una buena dosis de cirugía y Photoshop, pero también con una mentalidad muy distinta a la de sus madres y abuelas”. Una visión que permite  prolongar la juventud casi sin límites.

Hasta hace apenas un siglo, las mujeres que llegaban a la edad madura habían dejado por el camino a más de un marido. Las cruzadas, las guerras o la coz de una vaca hacían que el último tramo de la vida se enfrentara casi siempre en soledad. Ahora, en la mayoría de las ocasiones viene marcada por un divorcio. Pero hay cambios significativos, esa soledad es en muchos casos bienvenida porque no implica alejamiento; es una soledad en compañía y productiva.

LAS QUE VUELAN SON ELLAS

Esta generación ha sido abanderada en controlar la llegada y el número de hijos utilizando anticonceptivos fiables. También, la primera en convivir con un hombre sin casarse y en el enfrentamiento a las convenciones sociales. Ha aprendido que la soledad no depende de tener pareja ni es el síndrome del nido vacío. A ese ya desfasado síndrome del nido vacío, con su duelo por la pérdida de la plenitud familiar, le ha sucedido un nuevo escenario: muchas de las que rondan los cincuenta formaron su familia a una edad superior a la de  generaciones anteriores; son madres de veinteañeros que reclaman poca atención, aunque la mayoría, sobre todo en España, no sean independientes. Aun así, la antigua estampa familiar ha dado un giro de 180 grados. Ellos traen a casa a sus amigos, sus novios y novias; el hogar está lleno de bullicio y es más alegre que nunca; las madres no tienen que ejercer de chófer ni preocuparse tanto por ellos. Los hijos hacen su vida y sus madres no sienten nostalgia, al contrario, se trata  de un sentimiento agradable de libertad, despreocupación y curiosidad. Cuando los cachorros crecen y abandonan el hogar, las que vuelan son ellas.

Hay más datos. En 2014 tramitaron el divorcio en España16.389 mujeres entre los cincuenta y los cincuenta y nueve años. Un 76% de ellas llevaban más de dos décadas de matrimonio. Un porcentaje importante vuelve a casarse y otras inician una vida en la que las amistades suplen a la familia tradicional. Cierto que no todas llegan solteras, divorciadas o viudas a esta edad, pero son las suficientes para que el fenómeno ya tenga nombre: “swofty: single-women-over-fifty,” mujeres solteras de más de cincuenta. Antes de estas nuevas siglas, que (seguramente) pasarán de moda en poco tiempo,  se había hablado de las “cougar”, en este caso una forma un tanto despectiva de referirse a las maduras que se emparejan con hombres jóvenes, algo cada vez más frecuente, aunque sigue siendo objeto de desconfianza.

Suena a frivolidad, pero hay que valorar la labor de las precursoras, casi siempre mujeres del mundo del espectáculo. Madonna, Sharon Stone, Kim Katrall…, han empezado a despertar admiración, y no sonrisas irónicas o displicentes, por su independencia, su atractivo y un valor en alza en el mercado femenino hasta ahora inexistente: su experiencia en la vida.

Una modelo y escritora, Alex B, famosa por aparecer en las  fotos con su largo pelo gris sin teñir y por posar desnuda para pintores y artistas haciendo gala de su madurez, reivindica la necesidad de que haya más modelos mayores en el mundo de la moda y la cosmética: “Nuestra presencia demuestra que la belleza no solo existe entre las más jóvenes y promueve que las mujeres tengan confianza en su propio aspecto y abracen su edad sin la sensación de tener que aparentar siempre una eterna adolescencia”. Otra modelo, Nicola Griffin, ha aparecido en biquini a sus cincuenta y siete años en la portada de la revista Sports Illustrated. La idea de la campaña es demostrar que cualquier cuerpo es bello, y la protagonista lo ha recalcado: “No se trata de tener veinte primaveras y medir 1.80, todas tenemos edades y tallas diferentes  y esa es la belleza. Somos mujeres reales.”

¿BUENO Y DESEABLE?

Cuestiono seriamente si esto es bueno o deseable. En mi opinión, las grandes empresas de cosmética y similares no pretenden apuntarse a la causa feminista; han descubierto que las que tienen  dinero para gastar o tiempo para ellas mismas no son las veinteañeras ni las ocupadas mamás de treinta y tantos, y han decidido aprovechar el filón de las más relajadas y pudientes señoras de cincuenta en adelante. La industria se ha puesto en marcha y fabrica cremas, pastillas de colágeno o suplementos vitamínicos que mejorarán el aspecto de la piel madura; ungüentos varios que hidratarán nuestra vagina liberándola de la “terrible” sequedad que nos impide disfrutar del sexo;  bebedizos que eliminarán los michelines típicos que se agarran a la cintura cuando empiezan a patinarnos las hormonas; o cápsulas para los sofocos que, merced a los milagros de la ciencia, contienen un plus que ayuda a disminuir el apetito, por lo visto incontrolable, de las menopaúsicas.

La autoboda de Elisa. La novia, con sus damas
La autoboda de Elisa. La novia, con sus damas

Con no aplaudirlo, siempre será mejor que el anuncio de una señora que no se puede comer una manzana a ricos mordiscos si no compra un pegamento que sujete su dentadura postiza. Y me gusta mucho que aquellas que no encajan el paso del tiempo con demasiada sabiduría y se lanzan a las operaciones de estética, puedan hacerlo en paz y sin ser perseguidas como brujas, tratadas de locas o ridiculizadas por los mismos que las impulsan a hacerlo. Es cierto que Madonna se convierte, con frecuencia, en blanco reiterativo de críticas, a causa de sus ajustados shorts de cuero negro o su ropa interior exhibida por fuera. Pero bienvenidas sean sus extravagancias si sirven para flexibilizar las estrictas normas que aprisionan a las mujeres maduras. Porque gracias a Tina Turner, que sigue usando unas cortísimas minifaldas, sabemos presumir de piernas pasados los setenta. Un reconocimiento que hago extensivo a Cher o a Kristin Scott Thomas, que  han conseguido hacer más sencillo, para las que formamos el batallón de la infantería, que nos comportemos como nos dicte nuestro espíritu y no como marcan las reglas que encorsetaron a nuestras abuelas. “Si sentimos la madurez como algo que nos quita posibilidades, libertad o juventud es que no nos hemos convertido adecuadamente en adultas” reflexiona la psicóloga Isabel Menéndez en su libro El equilibrio emocional (Espasa).

 SEGUNDA ADOLESCENCIA

Resulta que, según apuntan estos datos, llegada la cincuentena se entra en una segunda adolescencia. Los cazadores de tendencias lo han detectado y empiezan a utilizarlo masivamente, pero para los psicólogos no es nada novedoso. “¿Son comparables estos dos procesos? –se pregunta Menéndez–. Creo que sí, porque los dos colocan a las mujeres ante una fase de renovación interna. En ambos, algo muere y algo nace.”

Yo añadiría, respecto a lo que apunta Menéndez, una diferencia significativa: a la adolescencia se llega en medio de la incertidumbre y la confusión; y, en cambio, el paso a la madurez es la consecuencia de toda una vida y de la experiencia recabada en ella. Es, por tanto, un cambio más alegre y lleno de conciencia. Más feliz. Un estudio realizado por la marca de ropa interior Playtex resalta que a esta edad las mujeres tienen una vida sexual mejor que las de veinte. Un 11% utiliza a diario las redes sociales y las páginas de citas para encontrar pareja y el 93% asegura sentirse más cerca ideológicamente de sus hijas que de sus madres. Por fortuna, no solo la cosmética o la diversión son las metas de las mujeres maduras. Es, por encima de todo, una etapa para la búsqueda de la identidad, casi siempre diluida o relegada a un segundo plano durante un largo periodo dedicado al cuidado de los hijos y a la prioridad de un trabajo con el que sacarlos adelante. Este deseo de una identidad propia se extiende al ámbito poético y creativo o al social, impulsando a muchas mujeres a dedicar gran parte de su energía  a labores altruistas.

Como escribe Erica Jong en su ensayo Miedo a los cincuenta: “Sé que mi vida interior es algo que tengo que conseguir yo, tanto si tengo un compañero en la vida como si no. Sé que otra aventura amorosa, loca, apasionada, solo sería una distracción temporal, aunque temporal signifique dos o tres años. Sé que mi alma es lo que tengo que alimentar o desarrollar, que, sola o acompañada, las dificultades para alcanzar tu propia cima no son muy diferentes”.

Es cierto que la mayoría de las  webs enfocadas a conseguir seguidoras en esta franja se centran en el consumo, pero también se encuentran  verdaderas joyas. El blog Mujeres Transparentes persigue otro objetivo: expresar en libertad, a través de dos blogueras anónimas, reflexiones sobre la vida, la cotidiana y la trascendente, desde una perspectiva femenina, con sentido del humor y referencias a libros o películas. Enarbolan una cita de la escritora brasileña Clarice Lispector: “Confié en mi transparencia. Soy enteramente explícita. Si no me gusta, no finjo. Duela a quien duela, mi sinceridad y bienestar los pongo en primer lugar, no lo niego”. El blog de las mujeres transparentes, por contraposición a la invisibilidad que tradicionalmente han ocupado en la escala social las mujeres a partir de cierta edad, es una declaración de principios. Afirman encontrarse en el momento de la magnificencia, proclaman la autenticidad como un valor y declaran ser “translúcidas, diáfanas, límpidas, cristalinas y, sobre todo, claras. De cabeza y de actuación. Por dentro y por fuera”.

DOLOR Y LIBERTAD

De modo que un hogar repleto de gente con el bullir de los hijos, o vacío a consecuencia de un divorcio o una viudez, es frecuentemente el entorno en el que se enmarca este tramo de la existencia. Esa soledad, a veces deseada, a veces impuesta, no está exenta de dolor; pero incluso en el segundo caso, cuando no se debe a una elección propia, tras la sorpresa y el desconcierto inicial llega la libertad. Nuevos amigos, nuevas costumbres, nuevos proyectos, nuevas ideas que entrañan, además, y no es cuestión baladí, un cambio de imagen, un regreso al coqueteo. Tras las lágrimas y el luto se recupera la alegría y se redescubre el territorio de la seducción. Es la vuelta al mundo de las citas románticas, pero ahora esas mujeres poseen dinero y experiencia, se conocen mejor, tienen menos complejos, como humorísticamente recalcaba el personaje de Helena Bonham Carter en la película de Tim Burton, Sombras Tenebrosas: “Cada año que pasa soy la mitad de guapa y el doble de borracha”, y lo constata sonriendo, con una copa en la mano, sin un ápice de remordimiento.

El cambio de papeles resulta incluso cómico. Las progenitoras reciben broncas de sus hijos por salir demasiado de marcha, trasnochar con frecuencia o vestir con  extravagancia. Algunas muchachas se quejan de tener menos vida social que mamá. Esa extraña sensación de ser la adolescente de la familia, enfrentada a rígidos censores, no se ciñe solo a la vestimenta. Estas madres ya no están pendientes, se despreocupan de las comidas, de llenar la nevera o de tener la ropa de los hijos a punto y, además, son ellas, en muchos casos, las únicas que  pueden permitirse alternar entre semana y volver cuando quieran, con quien quieran y como quieran.

“Las mujeres no sienten soledad, sino la sensación de tener derecho a la despreocupación –explica la bloguera francesa Patricia Delahaie-. El período es mágico, suspendido entre un pasado de sacrificios y un futuro que quizá traiga nuevas obligaciones, atender a unos padres ancianos, o el cuidado de los nietos; pero, mientras  eso llega, hay que aprovechar el tiempo”.

Estas mujeres que atravesaron desconcertadas aquel periodo de su juventud, en el que los cambios fueron vertiginosos, no pudieron entonces detenerse a reflexionar sobre sus anhelos reales, pero aprovecharon las circunstancias. Se fueron a vivir solas o estudiaron carreras que  habían sido exclusivamente masculinas. Hubo muchas que coincidiendo con sus hijos, años después, emprendieron los estudios abandonados al casarse. Otras eligieron tener esos hijos a temprana edad, o no los tuvieron, o han recurrido a la reproducción asistida para ser madres, cuando la mayoría de sus amigas de la infancia empezaban a lidiar con los nietos. Las hay que han montado su propia empresa, o que se involucran en el voluntariado activo. En resumen, no son, ni por asomo, las clásicas “suegras” que imploran que les estén llamando todos los días. Tienen su propia vida, no respiran a través de la de su prole. Su camino no ha sido fácil y todavía lo van diseñando cotidianamente, pero es imparable.

NEOSOLTERÍA

A pesar de la superficialidad de varios de estos ejemplos que centran el fenómeno en personajes femeninos muy alejados de la vida real, sí se aprecia que son parámetros más implantados de lo que a simple vista parece. Observé a las mujeres que me rodean y comprobé que, al igual que las de los reportajes y las estadísticas, están en muchos casos separadas, solas, en un ciclo vital que yo he decidido bautizar con el nombre de “neosoltería”, palabra que recogí de la novela de Carlos Fuentes Diana o la cazadora solitaria. El lenguaje es categórico, define, precisa, aclara, y el adjetivo divorciada implica estar apartada de algo, es decir incompleta. Por el contrario, neosoltera te devuelve casi automáticamente, y además cargada de veteranía,  a esa edad en la que el futuro abría ante ti un abanico de infinitas posibilidades.

Oteé a mi alrededor con ojos frescos, exentos de prejuicios y reparé en la cantidad de historias alucinantes que les ocurrían a mis amigas. Un mediodía de viernes, entre cañas y risas, la última recién llegada al mundo de la neosoltería contó su primera experiencia en las redes sociales intentando conseguir un ligue. Tuvo mucha gracia y le pedí permiso para publicarlo en Facebook. Dio su autorización y, a partir de ahí, nacieron las Aventuras de mi amiga la de los amores virtuales, cuyas peripecias  se narran en este libro.  Hay que aclarar  que, en muchas de las historias que ahora inducen a la sonrisa, hubo sufrimiento y llanto, pero la verdad es que, superado el trago de un amargo divorcio o una triste viudedad, la biografía personal retoma su cauce, las heridas  se curan y el individuo puede mirar atrás con una dosis de humor y serenidad. Esa es la verdadera señal de que el proceso de duelo, necesario e inevitable, ha concluido y la persona está preparada para seguir su camino.

Cuando el dolor cede y se aplaca, cuando el tiempo endulza el pasado y el suceso que nos entristeció y nos hizo dudar de si volveríamos a ser felices se convirtió en chascarrillo, la queja en carcajada y la incertidumbre en esperanza, franqueamos una puerta, que, en el peor de los casos, nos conducirá a un sendero cuajado de alicientes.

Todos los relatos que contaré en próximas entregas son verídicos, con su punto justo de adaptación para hacerlos más creíbles. La realidad se empeña en ser más absurda y loca que lo imaginado y algunas de las aventuras que aquí se refieren han  tenido que ser rebajadas de nivel, porque tal cual sucedieron resultaban más propias de una serie de ciencia ficción. El tono de las mismas, siempre bajo un prisma socarrón, es la mayor licencia que me he permitido, y se debe a esa poderosa razón que acabo de esgrimir, porque, por experiencia, sé que a la larga todo drama se reconvirtió en sosiego; y hoy, aquellas que nos lamentamos por una traición o por una ausencia, hemos conseguido reírnos de nuestros propios errores y disfrutar compartiéndolos.

Así que, justo al contrario de lo que advierten algunas películas americanas en sus créditos: “Todo parecido con la realidad es pura coincidencia”, los relatos que a partir de ahora podrán leer los seguidores de PROPRONews son auténticamente ciertos. Así pues, “todo parecido con la fantasía es pura coincidencia”.

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